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hace bien poco, años en los que el ladrillo daba trabajo
a destajo para todo el que quisiera, el peonaje de obra subía
tanto de guarismos como bajaban a su vez los del INEM. Con
formación o sin ella, nacional o extranjero, alto o
bajo, veterano o novel, hábil o más torpe, todo
el que quería podía emplearse en la monótona
-aunque no por ello menos digna- actividad de: capa de cemento,
mete ladrillo; capa de cemento, mete ladrillo; capa de cemento,
mete ladrillo... De hecho -va en su definición- para
ser un jornalero de obra no hacía falta un especial
arte ni habilidad. Hoy en cambio, que la burbuja ya pinchó,
el peonaje sigue operante, aunque menos en la obra y sí
más por otros lares, como las Plazas de Toros. La gran
mayoría de jóvenes matadores que se pasean por
nuestros cosos son expertos en eso. No en la obra, claro;
pero sí en el peonaje. Para dar un par de trapazos
con un capote, estar más pendiente de lo que dice el
capataz -poderdante más bien- desde la barrera y correr
arriba y abajo la mano que porta la muleta, no se requiere
arte ni habilidad. Y ésta es la realidad de esa parte
del escalafón que debería de ir arreando.
Se vió ayer en Tejela, Pinar y Valls. La corrida de
Fuente Ymbro -enterrado in pace para el aficionado
de estas tierras desde el año pasado al menos- fue
de lo peor en raza visto por Castellón en lustros.
Casi que me atrevería a decir que ni los toretes de
Los Espartales han llegado a ser nunca tan mansos. Y aquel
que salía con brío y aire, era pasar por varas
-medias varas más bien- y se rajaba. Así fueron
primero -que acabó aculado en tablas-, segundo -que
no quería ver ni la media altura de la muleta que le
daba Pinar-, tercero -que investigó incesantemente
que había por encima del caballo de picar- y el quinto
-que se corrió todos los tendidos para que no lo mataran-.
Vamos, una moruchada en toda regla -y que no se ofenda tan
ilustre raza meseteña-.
Eso sí, con moruchada o sin ella, toda corrida tiene
su brega, y ahí es donde meros peones no pueden crear
jamás faena. Lástima dió por ejemplo
el cuarto, un torete de carril, capaz de sostenerse y al que
no se le dió en exceso contra el acorazado de picar.
Matías Tejela podía haber enseñado
algo, podía haber dulcificado la amargura de una tarde
aciaga, en cambio acabó de hastiarla pase sobre pase,
a cada cual más mecánico, más anodino,
de tiralíneas y puro peonaje. Una auténtica
dormidera.
Solo Rubén Pinar se mostró
con cierta capacidad en la lidia de su primero. En éste,
el primero de los cuatro toros con los añitos recién
cumplidos que salieron, el de Tobarra encontró cierto
lucimiento en un quite por chicuelinas, firmes, ajustadas,
sin rectificar y con suficiente hilo, aunque el bicorne hizo
lo suyo al intentar no caer tras un par de medios tumbos,
más bien vaivenes. Pinar estuvo serio, pero para serlo
del todo hay que apostar por verdaderos toros. La concentración
se le fue ya en el quinto: bravucón en la muleta necesitaba
exposición y mando, nada de destoreo y mantazos que
acabaran -que acabaron- por empeorarlo. Cemento, ladrillo;
cemento, ladrillo...
Abel Valls cerró terna y corrida del
mismo modo que cerró su comparecencia de 2010. El pobre
torea poco, y el compromiso es mucho, pero no es menos cierto
que oportunidades para forjarse como torero -y no quedar en
mero juguete roto- tuvo. Al tercero de la tarde lo quitó
del caballo por chicuelinas -antagónicas en ejecución
por cierto a las que practicó su compañero albaceteño-
y ahí quedó todo; sobre las tablas, único
lugar que el animal admitía como terreno, el castellonense
no supo verle faena al fuenteymbro y se empecinó en
querer sacarlo hacia los medios. La faena era de tragar paquete
-era lo que había, no más- pegado a la madera.
Con el que cerró plaza se vió de nuevo el perfil
de peón de obra, como con Tejala: pon la muleta, corre
la mano; pon la muleta, corre la mano; pon la muleta, corre
la mano... El toreo es otra cosa.
¿Serán las escuelas taurinas las que están
nutriendo la nómina de jornaleros de la construcción
en lugar de destapar las grandezas de los creadores del arte?.
Pregunta que ahí queda, o que se contesta sola -según
quién la mire-.
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