| LUEGO
CABALGAMOS |
Plaza:
Las Ventas, Madrid
Rejoneadores: Leonardo Hernández,
Pablo Hermoso de Mendoza, Andy Cartagena
Toros: Fermín Bohórquez
Fecha: 28 de mayo de 2000
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El aficionado
fetén, si ve cosa buena, sale toreando. Da igual que la cosa
buena sea pedestre o ecuestre. Los que antiguamente se acercaban
a la plaza y no les llegaba para comprarse un boleto -la disyuntiva
era toros o aceite- se quedaban por los aledaños oyendo la
corrida, al final tenían la oportunidad de verla repetida
por los aficionados, si resultaba buena. Don Mariano -que ya no
va- era en esto la máxima figura y se crecía con las
mal llamadas corridas de rejones: ¿Resultó excelente?;
luego cabalgaba. ¿Fue un tostón?; pues se metía
en el bar a pegarse un latigazo y olvidarla.
Los pocos aficionados que quedan también torean en circunstancias
excepcionales y como la corrida de rejoneo las tuvo en algunos de
sus pasajes, se iban Alcalá arriba dándose azotes
y cabalgando a dos pistas.
Los degustadores del buen toreo ecuestre templaban los trotes siguiendo
el modelo de Pablo Hermoso de Mendoza, en tanto los que preferían
las espectaculares galopadas de Andy Cartagena cruzaban a toda velocidad
la plaza de Manuel Becerra por lo prohibido y al pasar delante del
guardia daban vertiginosos giros delante de sus narices, dejándolo
perplejo.
Algunos no remedaban a Pablo Hermoso de Mendoza exactamente,
sino a su caballo Cagancho, que también es un señor.
Cagancho, se sospecha, sabe tanto de tauromaquia como Cossío
y se marca unas pasadas a dos pistas, unos coqueteos con la grupa,
unas reuniones y unas templanzas que solo pueden estar al alcance
de los grandes tratadistas de la materia.
No son mejorables los lances de Cagancho con el quinto
toro, más tampoco procede dejar atrás la forma de
encelar con que resolvió Hermoso de Mendoza, jinete de otro
caballo exclusivo, la renuente mansedumbre del segundo, a base de
consentir y obligar, en un tira y afloja que estimuló el
temperamento dormido del toro y pareció convertirlo en bravo.
Toreo de alta escuela desplegó Pablo Hermoso de Mendoza montando
ese caballo, y después el también famoso Chicuelo,
para encerar y dominar, para reunir y rematar garbosamente las suertes.
La salvedad se produjo en la forma de prender; es decir, dónde.
Porque ahí no estuvo fino el rejoneador, pocas banderillas
y rejones dejó en su sitio, incluido el de muerte, que clavó
en los blandos. Lo cual -también es cierto- no impidió
que le dieran una oreja.
El rejoneo moderno, que ha hecho cotidianos alardes inimaginables
hace décadas, se basa asimismo en unas clavazones que el
público de aquel entonces no habría tolerado bajo
ningún concepto. A buenas horas le iban a regalar la oreja
a un rejoneador -ni a nadie- después de perpetrar un bajonazo.
Y, sin embargo, ahora, los bajonazos suscitan entusiasmos. Puede
que haya una explicación: ya que los bajonazos son fulminantes,
la rápida muerte del toro justifica pedir a gritos la oreja,
que para los actuales públicos es el principio y fin de todas
las cosas.
Andy Cartagena se llevó así la del sexto. Claro que
antes se había pasado pegando giros delante del toro, entre
cabalgadas al estilo Gary Cooper, y éstos son montaraces
estímulos que enardecen a las multitudes e inspiran a los
aficionados conspicuos cruzar Manuel Becerra al galope, dándose
arres y azotes en el culo.
Leonardo Hernández, con los toros más mansos de la
mansa corrida, reunió bien, clavó mal, le faltaron
recursos para encelar a sus toros. Al huidizo cuarto no conseguía
pararle las estampidas pese a sus muchos trotes alrededor, y hubo
de ser un peón el que se lo fijara. Lo hizo con sólo
cuatro capotazos y de ahí en adelante quedó el toro
toreable, rejoneable y galopable. Naturalmente nadie reconoció
la maestría del peón ni le dio las gracias. Pero es
lógico: si no le iba a valer la oreja peluda, ¿para
qué?.
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