| LA
OREJITA DE LA RATITA |
Plaza:
Valencia
Terna: Rivera Ordóñez, Javier Rodríguez,
José Tomás
Novillos: Juan Pedro Domecq
Fecha: 14 de marzo de 1995
|
José
Tomás le cortó una orejita a la ratita. Lo que no
acaba de entenderse es cómo no le cortó las dos orejitas
a la ratita. Porque la ratita no era corretona y picaruela, según
es habitual en las de su raza, sino cachazuda y modorra. La ratita
salió, y sólo quería tumbarse, allá
donde la dejaran tranquila por lo ancho del redondel. A lo mejor
es que estaba harta de queso.
La ratita era coloradita. Tenía cuernos la ratita, aunque
se discutía si se trataba realmente de cuernos en sentido
estricto o de sendos palillos de dientes que había encajado
junto a las orejitas, en plan castizo, para cuando lo del queso.
Las orejitas no eran peludas. Se les advertía incipiente
pelusilla, y basta, pues la ratita debía de ser muy jovencita.
La ratita parecía estar en la edad del biberón.
El ganadero propietario de la ratita y de lo demás
que envió a la famosa feria fallera -Juan Pedro Domecq es
su nombre- a estos cándidos animalitos de Dios los llama
toros artistas. Los hay exagerados. Lo bueno del ganadero, sin embargo,
es su fantasía oriental. Trae en una jaula las ratitas que
roen los pastizales de su cortijo andaluz, y dice que son toros;
las ve pegar cabriolas en el redondel, y las eleva a la categoría
de artistas. Este hombre es capaz de venderles a los empresarios
taurinos un ninot de falla y hacerles creer que es el Coloso
de Rodas.
La ratita pegaba tumbos y José Tomás le pegaba pases
en justa correspondencia, allegando fino ademán y académica
apostura. Raro fue el pase en que no se desplomaba la ratita a los
pies del autor; luego los pases acababan como el rosario de la aurora.
Lo cual no impidió que la faena concluyera triunfal. Despenada
la ratita de certero estoconazo, parte del público se puso
a ventear las almohadillas -según estilan los valencianos
para pedir orejas- y el presidente concedió el trofeo.
El sexto ya daba el tipo de novillo, tenía hechuras, fortaleza
para soportar dos varas, sacó su pizca de mansedumbre y aspereza,
y aunque José Tomás estuvo pegándole pases
hasta entrada la noche, ya no pudo allegar ni academicismos ni finuras.
Los toros tienen este inconveniente: que en un momento dado le puede
romper a cualquiera la sistemática. No obstante hubo un detalle
muy a tener en cuenta: del volapié al cuarto envite, José
Tomás salió trompicado con las astas hurgándole
la pechera, y al zafarse del derrote, ni se inmutó, ni se
miró siquiera los posibles desperfectos.
Salvo la lidia de ese sexto ejemplar, no hubo más novillada.
Fue la novillada que no existió. Se caían los animalitos
de Dios con sólo mirarlos -acaso eran también tímidos-;
en lugar de meter vara carnicera, los siempre feroces individuos
del castoreño, ahora enternecidos, les rascaban un poquito
con la puya; la aguerrida grey banderillero les prendía mimos
a los palitroques. Las cuadrillas, bien se vio, estaban transidas
de sentimiento ecológico. Los diestros, por el contrario,
resultaron ser más duros de corazón y molían
las ratitas a derechazos. A veces intercalaban naturales o manoletinas,
quizá porque en la variedad está el gusto.
Javier Rodríguez intervino afanoso y bullidor, y a su primera
ratita la llegó a ligar una excelente tanda con la izquierda,
el Señor le premie por eso. Rivera Ordóñez,
en cambio, estuvo mediocre, destemplado y torpón. Mal bagaje
para quien se encuentra a las puertas de la alternativa. Rivera
Ordóñez se despedía de novillero en esta función
ratonera, y si careciendo de enemigo sólo exhibió
torpeza, destemplanza y mediocridad, lo que vaya a ser capaz de
hacerle al toro -al toro-toro, se quiere decir-, es un secreto insondable,
una procelosa incógnita.
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