| LA
NEGACIÓN DEL TOREO |
Plaza: Plaza de
las Ventas
Terna: Manzanares, Emilio Muñoz, Paco Ojeda
Toros: Puerto de San Lorenzo; Martínez Benavides
Fecha: 15 de mayo de 1986
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El toreo es todo
lo que hicieron ayer en Las Ventas Manzanares, Ernilio Muñoz
y Paco Ojeda, sólo que al revés. Vídeos y enciclopedias
deberían recoger sus actuaciones con capote, muleta y espada
y la singular torería que emplearon durante la lidia de los
seis toros para enseñanza de las generaciones futuras; naturalmente,
editados en negativo.
Mientras tanto, don Mariano, el aficionado que mejor practica el
toreo de salón y la función evangelizadora de los
doctores en tauromaquia, dictaba su cátedra ambulante por
la explanada de Las Ventas, explicando a un nutrido alumnado cómo
fue lo ocurrido. Tuvo problemas para efectuar el análisis
práctico del toreo de Manzanares, pues don Mariano ya se
hace viejo y las piernas no le responden bien.
Mientras los cánones del toreo fijan aquello de cargar
la suerte, que consiste en echar la pata l'ante, Manzanares
la descargaba, echando la pata atrás. Don Mariano componía
la extraña postura del modelo, tumbando el cuerpo, y, cuando
calcaba el pase, las piernas colocadas en tijerilla se le enredaban.
Si no se pegó un porrazo fue porque el selecto auditorio
corría a sujetarle.
En la sesión dedicada a Ojeda aún tuvo problemas peores,
pues la peculiaridad de este diestro es torear sin hacer el toreo,
para lo cual necesita el toro que no embiste. Don Mariano y el auditorio
recorrieron media barriada buscando una adecuada referencia de tal
tipo de toro y la encontraron por la calle de Bocángel en
un buzón de correos. Allí fue la lección práctica,
el alumnado en torno: don Mariano estiraba el esqueleto, abombaba
el pecho, se pegaba al buzón de correos y le daba un caderazo.
Ojeda, en la arena y en la tarde de autos, también había
tenido sus problemas, no se crea, y graves, pues los toros tenían
la osadía de embestir. En su primero empleó los ardides
disuasorios de pegar mantazos, escurrir el bulto, mudarle de terreno,
guardar largas pausas para disimular la desazón, hasta que
tanto tironeo y tanto plazo convirtieron al toro en buzón
de correos. Entonces entró Ojeda en liza, a lo suyo, con
mayestático aire, erguida la planta, abombado el pecho, farruco
el ademán; merodeó el buzón, ciñó
la cadera, endilgó pases de pecho y cuando no, otros del
desprecio. A don Mariano tampoco le fue cómodo enseñar
de qué insospechada guisa había notoreado Emilio Muñoz,
pues, no está, obviamente, para trotes. Estrujar los hombros,
extender el brazo y quebrar la cintura como si estuviera pescando
atún; zapatillear ligero, trazar vertiginosos muletazos,
correr despavorido, son ejercicios inconvenientes a su edad y le
chirriaban las articulaciones.
Emilio Muííoz, en la no-tarde, para empezar pegó
una espantada cuando se le arrancó crecido su primer toro,
a poco de salir, y tomó el olivo precipitadamente. Luego
ya no pararía de hacer gimnasia. Los otros cánones
esenciales de templar y mandar los convertía en zozobra,
frenesí, iracundia, y contrastaban con el toro, tan bueno
de casta y corazón.
Cualquier toro, desde el primero al sexto, resultó bueno.
Si algún defecto tuvo la corrida fue precisamente
que salió demasiado buena, demasiado preparadita de trapío
y fortaleza, para que su presencia no consternara a las figuras
al revés. Aficionados puristas protestaron estos
toros --su blandura- e indignaban a los taurinos. No se daban cuenta
los taurinos del gran favor que les querían hacer los aficionados,
pues, devuelto algún toro al corral, daría ocasión
a que saliera un sobrero pregonero y justificaría el desastre
que se estaba produciendo allí. Manzanares
-lo explicaba muy bien don Mariano con el periódico que allegó
un alumno- citaba con la pierna atrás, pero también
con la muleta atrás y, curiosamente, el pico delante. Lo
que producía era la negación del toreo, aunque siempre
habrá quien matice la inconsútil finura de su ejecutor.
El sexto tenía su trapío y sus pitones y, sobre todo,
tenía su casta. La casta es un dolor cuando en la plaza hay
un torero que sólo conoce del toreo su negación. Ojeda
intentó derechazos en el tercio y no pudo con la casta del
toro. Los intentó en los medios y le salió una empanada
gallega. El toro se negaba rotundamente a convertirse en buzón
de correos y, advertido Ojeda de tan intolerable acto de indisciplina,
em- puñó la espada para escabecharlo por díscolo.
Don Mariano silenciaba cómo acabó aquello -una bronca
monumental, almohadillazos a Ojeda, soponcios diversos-, no fueran
a copiarlo los oyentes contra su persona. En cambio, el señor
Sabatini, que es su enemigo irreconciliable, pues milita en el bando
de los detractores de la fiesta, pidió con tal insistencia
que lo hiciera que acabó convenciéndole. Don Mariano
estiró el metro y medio de estampa que levanta del sue- lo,
caminó con la altanería peculiar en Ojeda, dijo que
el periódico allegado por el alumno representaba una almohadilla
y se pegó un contundente papirotazo en el coco.
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