| LA
MULETA PLANCHÁ |
Plaza:
Las Ventas, Madrid
Terna: "Antoñete"; Rafael de Paula; P.
Linares;
Curro Vázquez; J.M. Manzanares; J. Ortega Cano
Toros: Joaquín Núñez; Zalduendo; Palomo
Linares; Alcurrucén; José Luis Marca
Fecha: 29 de octubre de 1995
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Le pidieron
a Antoñete que pusiese la muleta planchá,
para que se viera. No es que Antoñete la fuese a poner arrugá
sino que su forma de torear, al ortodoxo estilo -que demanda muleta
planchá, ofrecer el medio pecho, cargar la suerte-
es lo que se esperaba del veterano maestro la afición. «¡Ponga
la muleta planchá, maestro!», se oyó gritar
en el tendido. Y fue el maestro y la puso como para perpetuarla
en bronce.
La presentó Antoñete tan frontera al toro,
tan geométricamente perpendicular a su lomo y su línea
de flotación, que no cabía más. Cuando la afición
se refiere a la muleta planchá quiere decir que
no esté oblicua; quiere decir que no adelante el pico al
pitón contrario para aliviar la embestida.
La muleta planchá era un símbolo y mostrado
de avanzadilla en todo su esplendor; vino luego la verdad de la
vida, la realidad del toreo, y eso lo interpretó Antoñete
en su cabal grandeza. Toreo sobre la mano diestra, que por la siniestra
el toro iba peor. Toreo de mando, temple y ligazón. Toreo
ajustado en los pases y en los tiempos. El toreo tal cual es: tres
redondos y el de pecho, y no hace falta añadir ninguna sesión
a destajo. El de pecho de remate, o el cambio de mano, o la trincherilla,
que también esperaba anhelante la afición.
Una trincherilla instrumentó Antoñete y la plaza se
iba a venir abajo. La trincherilla constituía el símbolo
número número dos de la torería en estado puro.
Resuelta en triunfo la actuación magistral de Antoñete,
la afición aguardaba la trincherilla de Curro Vázquez,
que es otro artífice paradigmático de esta bella suerte.
Y el diestro correspondió con creces. Muy bien en los redondos,
la trincherilla la bordó. Digamos que fue trincherazo; es
decir, la trinchera clásica, corregida, aumentada y magnificada.
Venía la tarde triunfal, el público ovacionaba la
comparecencia de cada torero y le obligaba a saludar. Roto el paseíllo,
saludó el homenajeado, Enrique Bernedo Bojilla,
un banderillero retirado tremendamente popular. Lo hizo desde el
tercio, con sobriedad y torería, sombrero en mano. Varios
diestros le brindaron sus toros y se reprodujeron entonces las ovaciones.
Al público no se le agotan las ganas de aplaudir y ahora
que ha terminado la temporada, seguramente dará rienda suelta
a su pasión aplaudiendo al amor de la mesa de la camilla
lo que sea menester; por ejemplo, al televisor; por ejemplo, a la
empleada del hogar, si quita el polvo.
Entre ovaciones, hubo momentos señeros. Rafael de
Paula, frente a un toro demasiado codicioso para sus limitadas
facultades, dibujó dos verónicas y dos derechazos
de su marca. Palomo ciñó lances del
delantal y cuajó una corajuda faena con las alusiones propias
de un novillero valiente. Manzanares armó
un alboroto cuando paró, templó y mandó el
derechazo y el natural -principalmente el natural: temple, ajuste
y arte- en sendas tandas memorables. Otras le salieron movidas.
Más a nadie importó pues la magia del toreo ya había
surgido de su muleta.
Ortega Cano recibió por verónicas
al sexto y puso al público en pie. Literalmente en pie lo
puso. Tomaba al toro de largo y pese a la velocidad que traía
le cargaba la suerte y lo embarcaba cual si lo llevara flotando
entre algodones. Pocas veces se produce en las plazas una conmoción
parecida a la que provocó el toreo a la verónica de
Ortega Cano. En turno de muleta también armonizó pasajes
espléndidos, ligó redondos a la perfección,
ciñó los pases de pecho.
Ligar... La afición gozó con la restauración
del toreo auténtico y el público en general descubrió
que torear no es correr; que el toreo requiere para, templar y mandar
cargando la suerte y, además, ligar los pases. Con la muleta
planchá, por supuesto. Y volcó en una ovación
estruendosa su reconocimiento, al despedir al homenajeado y las
cuadrillas, el maestro Antoñete al frente.
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