Y LLEGÓ EL MAESTRO
Plaza: Pamplona
Terna: "El Viti", Ángel Teruel, "Niño de la Capea"
Toros: Torrestrella; César Moreno

Fecha: 15 de julio de 1976
El júbilo de los sanfermines, e incluso de las fiestas, se ha producido en la última corrida de feria, con la apoteosis del toreo de siempre, el toreo grande, obra de "El Viti", yo no sé si en el despertar de una pesadilla, porque como pesadillas eran las actuaciones amaneradas que nos venía ofreciendo desde su reaparición. "El Viti" de ayer en Pamplona fue el de sus mejores años, un torero a carta cabal, maestro en su oficio, con casta sobrada para superar dificultades y ofrecerle al toro, esa gran verdad de toro, una técnica depurada y un corazón inmenso de valiente. Con "El Viti" de ayer se ha abierto un abismo entre él y todos los demás. No me olvido de Manzanares, no, el otro triunfador de la feria, cuya decadencia y cuyo arte permanecen inmutables en el sitio que merecen, pero la torería de Santiago, el mando que ejerció en la plaza en todos los momentos de la lidia -esos intensos momentos-, la hondura con que ejecutó la suerte, lo han borrado todo. 0 lo diré mejor: "El Viti" de ayer está en otra línea, en otro nivel, en otro capítulo del libro siempre abierto de la tauromaquia, y precisamente en el que ocupan los toreros de época.

Hubo una faena ajustada a las condiciones de un toro que se defendía, porque le picaron demasiado y trasero, y esto hacía que punteara sobre la muleta, que "El Viti" no se dejó tocar -el temple- y que utilizó para dominar el animal y reducirle al terreno donde debía darle muerte. Pero sobre todo hubo otra, la del cuarto, que fue una filigrana, pura esencia, sencillamente arrebatadora. "El Viti" sometió a su enemigo en rechazos largos, que pronto se hicieron hondos y acabaron en la perfección. No es posible torear mejor. Torero y toro componían la antología del toreo de muleta: aquél, erguida la planta, imprimía ritmo y profundidad al recorrido del pase, que terminaba con la justeza precisa para ligar otro, otro y otro, y así hasta el de pecho auténtico, que si era con la izquierda ponía al público en pie.

Pero hubo uno que marcó la cumbre de la faena: se atrajo a la res despacio, se la echó por delante con lentitud, y al tiempo que levantaba la mano, la llevaba hacia el hombro contrario, de manera que los pitones le rozaran los alamares y el toro continuó la embestida hacia el sitio exacto, junto a la cadera contraria, donde el torero marcó el remate. La locura fue entonces. Mas "El Viti" seguía, ahora para templar el natural también en un recorrido que parecía imposible, el olé profundo, gargantas enronquecidas por la emoción, no terminaba nunca. Series de naturales de torero clásico, torero de ley, no iguales entre sí; distintas, acopladas a lo que el toro pedía en cada momento, y finalmente el alarde de la técnica, el natural ligado con el de pecho, un natural y uno de pecho, una vez, otra, cuantas quiso.

Se emborrachó "El Viti" de torear y los emborrachó a todos, de emoción y belleza, sí, pero sobre todo de afición. Reconcilió al público con una fiesta impar que cuando alcanza esta plenitud rebasa todo calificativo. Cuando "El Viti" entró a matar, y lo hizo mal, que nunca ha sido un estilista volapié, fue como una liberación. La tensión había alcanzado límites dificiles de contener. Los tendidos eran un manicomio. En la vuelta clamorosa al ruedo le cantaron «¡Como El Viti no hay ninguno!», que es lo típico en Pamplona, pero también y aún con más fuerza «¡torero, torero, torero!», en un clamor enorme; sol y sombra aunados en el mismo coro por el júbilo del retorno de un torero que había despertado de un sueño de pesadilla y que resucitó el arte de torear, para el asombro.

Ángel Teruel, que con muchos remilgos y no pocos alivios desaprovechó el mejor toro de la tarde, cual era el segundo, y el "Niño de la Capea", versión tosca de este oficio, hicieron lo que pudieron por agradar y dieron muchos pases. Que Dios se lo pague.

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