| Y
ES DE CARTAGENA |
Plaza:
Las Ventas, Madrid
Terna: Ortega Cano, Tomás Campuzano, "Yiyo"
Toros: Ramón Sánchez; Martínez Benavides
Fecha: 25 de mayo de 1985
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Cómo
toreó Ortega Cano al cuarto toro. ¡Cómo lo toreó!.
Cualquiera que estuviese en la plaza y no conociera la biografía
del torero, habría jurado que es de Ronda y se llama Cayetano.
Y no: es de Cartagena y se llama José. ¿Hay arte taurino
en Cartagena?. En Cartagena, está demostrado, hay tanto arte
taurino como les falta a ciertos toreros sevillanos, que parecen
oriundos del norte de Noruega.
El arte de torear es, también, como lo creó Ortega
Cano ayer en el cuarto toro. Está convenido por ahí,
naturalmente entre taurinos, que el arte sólo es "de
pellizco", según definen muy gráficamente de
Despeñaperros para abajo, y como la creación del diestro
cartagenero no recogía esta característica, a lo mejor
le ponen en entredicho.
Pero el arte no admite dogmatismos ni conoce límites. El
arte es una creación libre y en toreo puede abarcar desde
la sutilidad del lance alado a la solemnidad abacial de un muleteo
hondo. Caramba qué cosas puede abarcar el arte taurino. Y
si vale, es necesario añadir que de todo ello hubo en el
toreo de Ortega Cano al cuarto toro de ayer.
Era un toro de una vez, con trapío, muy serio y agresivo
de pitones, además poderoso. Es decir, un toro importante.
Llegó noble y encastado al último tercio y admitía
faena, como luego se vio, pero había que hacérsela.
Había que plantearla en el terreno preciso y cogerle el ritmo,
que es el temple del toreo. El terreno lo fijó Ortega Cano
en los medios y el ritmo fue suyo en cuanto le embarcó en
una tanda de redondos, de asombrosa ejecución.
La plaza ya se desbordaba en entusiasmo cuando Ortega Cano cuajó
esos redondos y loquita la volvió al recrear el toreó
al natural en su versión más pura. ¿Loquito
estaba el público?. Pues más fuera de sí lo
puso el artista cartagenero con los muletazos con que devolvió
el toro al tercio, y allí, con otra serie de redondos, cruzándose
en el cite, parando en el embroque; mandando en el semicírculo
del viaje, vaciando detrás de la cadera para ligar, apenas
sin solución de continuidad, el siguiente muletazo, que aún
era mejor. Después, se dobló por bajo a dos manos
y ese toreo también fue de alta escuela.
Faena grande la de Ortega Cano; faena concebida e interpretada con
autoridad y categoría propias de una figura del toreo. Sólo
le quedaba coronarla con la estocada por el hoyo de las agujas,
según mandan los cánones, y eso fue lo que faltó,
qué lástima torero, porque el estoque entró
bajo y tendido. Era el momento de disimular y disimulamos todos.
La obra artística, con tanta grandeza concebida, no podía
des- merecer por un error mecánico de última hora.
La oreja estaba ganada y el diestro cartagenero dio la vuelta al
ruedo bajo un auténtico clamor. El público se rompía
las manos de aplaudir.
Parecía mentira que ese torero fuera el mismo que le había
dados pases mediocres al primer torillo de la tarde. La inspiración
es así de caprichosa. 0 quizá se trataba de que ese
torillo, insignificante e inválido, no le inspiraba la torería.
Hasta con las banderillas estuvo mejor en el toro serio que en el
de risa. El toro primero, en efecto, había sido de risa,
y así salieron otros. En todo lo que llevamos de feria, no
habían salido por los chiqueros tantos tullidos. Con ellos
estuvieron muy vulgares Tomás Campuzano y Yiyo, que seguramente
también son oriundos del norte de Noruega. Tuvieron que aparecer
los sobreros, cojos y todo, para que volviera la seriedad a la plaza.
El primer sobrero derribó a un caballo, le sacó las
tripas y lo mató. El segundo sobrero derribó también,
y El Pimpi, que es el contratista de la cuadra, le echó una
bronca al picador, que se había pegado una costalada de abrigo.
Porrazo y encima gritos; hay días en que debiera uno quedarse
en la cama.
Amostazada la afición con tanto cojo, la que ocupa el tendido
del 7 había protestado ese segundo sobrero, que salió
acalambrado. Y como después exhibió fortaleza y dio
juego, la masa que ocupa el tendido 6 emprendió una pelea
dialéctica con los vecinos. El 6 contra el 7, qué
situación. Los del 6 voceaban mortificantes frases a los
del 7, con intolerables acusaciones a sus ancestros, en tanto los
del 7 les respondían «ignorantes», que
en una plaza de toros es gravísima acusación, la peor
de todas, y hasta puede provocar duelos en el campo del honor. El
guirigay subía de tono y por los altos del 8 surgieron otros
beligerantes espectadores, que se ponían del lado de los
del 6. Sitiados los del 7, braceaban en todas direcciones y les
faltaban palabras para replicar a tanto chillón.
Pero en esto se iluminó el ruedo y surgió la faena
cumbre de un artista genial, y en cuanto empezó a crearla,
ya estaban todos de acuerdo. El toreo puro obró el prodigio
de llevar la concordia al acalorado tendido, y cuando acabó
la corrida los antes enemigos irreconciliables pegaban la hebra
y se daban tabaco. Naturalmente, la afición sesuda ilustraba
con datos a la desinformada: «Que sí, le juro a
usted, por mis hijos, que es de Cartagena, ¿qué quiere
que yo le haga?».
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