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LOS TOROS LES DA POR MORIRSE |
Plaza:
Vista Alegre, Bilbao
Terna: "Joselito"; Enrique Ponce; Jesulín
de Ubrique
Toros: Torrestrella y Lamamié de Clairac
Fecha: 26 de agosto de 1995
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A los
toros les da por morirse, qué traviesos. Antes les daba a
los toros por caerse -unos morrazos mayúsculos, unas panzadas
de abrigo-, pero ahora prefieren irse muriendo poco a poco mientras
los toreros se ponen farrucos y hacen como que los torean. Algunos
son tan ansiosos, que se pasan y salen ya muertos. A otros, en cambio,
les da por beber.
Toros de todos estos gustos y temperamentos salieron en la importante,
mundial y mítica feria de Bilbao. Nadie podrá decir
que la corrida de Torrestrella, a cuyo hierro pertenecían,
no era variada. Desde los muertos vivientes al que se murió
por las buenas, pasando por uno que apareció cantando
La del soto del parral con una cogorza como un piano, hubo
donde elegir.
Por haber, hasta irrumpió un salpicao capirote de
bonita lámina, que embistió según recomendaban
las antiguas tauromaquias. Ese toro hizo quinto y la faena que tuvo
a bien instrumentarle Ponde duró más que Lo que
el viento se llevó. Empezó con ayudados enjundiosos
y siguió por derechazos, divididos en tandas surtidas: unas
con enganchones, la siguiente sin ellos, otra destemplada. El molinete
y la trincherilla sirvieron de transición para perpetrar
unos naturales astrosos. Pero no había de quedar ahí
la cosa: volvió a los derechazos, hasta agotar la paciencia
de los más santos, acabó con un infamante bajonazo
y le dieron una oreja de Bilbao.
¿Quién ha dicho que eso es torear?. ¿Quién
ha dicho que torear consiste en ponerse a pegar derechazos a destajo?.
¿Quién ha dicho que merezcan una oreja diez minutos
largos de monserga -fueron doce-, desesperante repetición
del tema, la música tachín-tachín, el público
callado a la espera de que llegara el pase de pecho para aplaudir,
el trabajador poniendo posturas y marcándose contoneos?.
Torear, si el toro desarrolla encastada nobleza y hay en
el redondel un diestro de arte y torería, ceñimiento
y ligazón, es mando y templanza; es fundir la suerte con
el toro encelado y embebido; son olés profundos, emoción;
y a la docena de pases, acaso docena y media -tres o cuatro minutos
de reloj bastan- ya está el público en pie, el toro
sometido, ganada la oreja, un clamor en el graderío, entusiasmo,
apoteosis.
Eso es torear; eso es ser maestro y ostentar la categoría
real de figura del toreo. Estos otros que necesitan acumular pases
hasta el agotamiento -cualquiera de la terna: Ponce, "Joselito"
y "Jesulín", son ejemplos paradigmáticos-
no pasan de ser unos aburridos pegapases, unos pelmazos insoportables
que ocupan sin ningún derecho los altos puestos del escalafón.
Los ocupan y permanecen inamovibles en ellos porque han logrado
imponer allá donde vayan unos toros a los que les da por
morirse, o que salen ya muertos del toril, o que se han mamado la
cosecha del 93. Aparecen esos animales, apenas toman un pase ruedan
por la arena, esbozan un rictus de contrariedad las figuras, van
a cobrar, sus corifeos les disculpan poniendo el cazo, y hasta la
próxima, que será mañana.
"Joselito" dio al primer moribundo de la tarde unos muletazos
vulgarísimos quitándose de en medio, y el cuarto se
le murió. Este torito cuarto le miraba con los ojos entreverados
suplicando piedad. Evidentemente no podía con su alma. En
cuanto le citó "Joselito" se desplomó y
hubo que apuntillarlo. El segundo estaba tal cual y Ponce sólo
pudo darle medios pases. "Jesulín" los instrumento
más completos al tercero, con inclusión de espaldinas,
parones, rodillazos y otros excesos, pues, aunque amodorrado, tomaba
con franquía la muletaza ubriqueña.
El sexto apareció convulso, pegaba tumbos, hacía eses
y fue devuelto al corral. El sobrero padecía invalidez y
con sus medias arrancadas, unidas a sus batacazos, imposibilitó
el lucimiento que pretendía "Jesulín" portándole
pases hasta la extenuación. Dos horas y media duró
aquel petardo de corrida. Dos horas y media tardaron las tres figuras
en liquidar el saldo de toros borrachuzos, tullidos y cadavéricos.
Dos horas y media de tostón y música maestro, con
un elocuente balance final: cinco avisos y una oreja de Bilbao.
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