| EL
DIRECTOR DE LIDIA |
Plaza:
Las Ventas, Madrid
Terna: José Luis Galloso, Alejandro Silveti, Perro
Carra
Toros: J.J. Moreno da Silva; Fernández
de Castro
Fecha: 4 de septiembre de
1995
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Un aficionado,
que se llama el señor Goyo, les decía a los picadores
cómo se debe picar y a los peones cuál es su sitio
en la suerte de varas. A un picador le envió donde
estaría más guapo. No a la cárcel -según
afirmaban otros aficionados- sino a la escuela, y debió precisar
también que habría de matricularse en la sección
varilargueros, curso párvulos, grado pelotón de los
torpes. Cierto peón en negro y carmesí se situó
a la derecha del caballo porque le dio la gana, le gritó
«Usted, a su sitio», el subalterno levantó
la vista, advirtió en la severidad de la mirada que el señor
Goyo no estaba para bromas, humilló la montera y se reintegró
de inmediato a la correcta posición.
Un espectador protestó estas espontáneas manifestaciones:
«¡Eh, oiga! ¿Es que va a haber director de
lidia en el tendido?». Pues sí. Había director
de lidia en el tendido, a Dios gracias; ¿pasa algo?. Si ningún
matador dirige la lidia de su toro, quien encabeza la terna se llama
andana y el presidente permanece en el palco haciendo el Don Tancredo,
alguien deberá dirigir la lidia. Mejor si es el señor
Goyo, u otro representante de la afición.
La fiesta es ahora mismo un melonar sin amo. El primero
que llega roba un melón, lo raja, lo cata, se lo come o lo
deja por ahí tirado, según le salga del sótano.
La fiesta es un mangoneo, donde cuatro caraduras -a lo mejor llegan
a la docena- revuelven por los entrebastidores y sale al redondel
lo que estimen conveniente. Luego, en el redondel, lo que debía
ser lidia es una sucesión de trampas y de atropellos.
El primer tercio ya es un puro despropósito. ¿Dicen
las reglas y el sentido común que los picadores entrarán
por el lugar más alejado a aquel en que se vaya a realizar
la suerte?. Pues en la primera plaza del mundo irrumpen justo donde
se hace la suerte, de manera que los peones han de llevarse de allí
el toro para que pueda situarse el picador, volverlo a traer...
Despúes vienen las cariocas y sus correspondientes carnicerías,
mientras el presidente entra en trance... Parece como si hubiera
una confabulación contra la fiesta. Ni arte, ni valor: todos
contra la afición, contra la lidia, contra el toro. Doloso
pacto de silencio entre la autoridad competente y los cuatro incompetentes
que revuelven los entrebastidores y mandan en el redondel.
Transcurridos los siniestros trances, la faena de muleta es lo que
importa; pero tampoco existe ahí garantía alguna de
diversión. El toro ha de ser bueno -o, al menos, de casta-,
el torero también, y rara vez se produce esta venturosa conjunción.
El primero de la corrida venteña se colaba, a pesar de lo
cual Pedro Carra, que confirmó la alternativa,
le intentó derechazos y naturales con entereza y torería.
Al sexto le prendió sin ajuste cuatro banderillas, y aunque
animoso en la faena de muleta, no logró templar las nobles
embestidas. Torea poco -le falta práctica, en consecuencia-
y ése es su descargo.
José Luis Galloso, diestro veterano, se
encuentra en parecida situación, y unió al desentrenamiento
la escasa confianza, de forma que se alivió con capote, muleta
y espada. Alejandro Silveti instrumento al tercero
tres valerosos pases por la espalda sin mover las zapatillas, le
jaleó el público, eran éstos excelentes augurios,
pero luego no aprovechó la boyantía del toro, e incluso
se vio desbordado al ensayar los naturales. El quinto, un ejemplar
de kilos, le debió inspirar gran respeto pues se limitó
a tantearlo. La afición se lo reprochó. La afición
aseguraba que por lo menos tres toros se habían ido al desolladero
sin torear. Y no era sólo el señor Goyo, sino también
los otros directores de lidia que sientan cátedra en Las
Ventas. Unos mil o así.
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