RAÚL SÁNCHEZ, UN TORERO A CARTA CABAL

Plaza: Plaza de las Ventas
Terna: Raúl Sánchez, Pepín Peña, Pepe Pastrana
Toros: García Romero; Sotillo
Fecha: 12 de abril de 1977

El torero que, como Raúl Sánchez el domingo, se faja con dos torazos de pavor, les aguanta gañafones, les exprime hasta el último pase y, si hay voltereta, vuelve a la cara de la fiera con el mismo o mayor arrojo que antes de la cogida, tan sereno como si nada hubiese ocurrido, ése es torero de verdad, a carta cabal, no hacen falta más comprobaciones para darle el puesto que merece entre los que están en vanguardia.

La prueba en contrario que se suele aducir es que un jabato de tal envergadura, cuando le ponen delante de esos bombones con los que tan bien y con tanto primor andan las figuras, no sabe qué hacer, se le derriten las manos. Y por tal motivo le tildan de tosco: «Ahí está ese pobre hombre; le han dado la oportunidad, pero se descubre que no vale un duro». Y ése es precisamente el error, porque la prueba hay que hacerla a la inversa; la medida debe darla el toro y no el borrego. En efecto, Raúl Sánchez seguramente sería uno de tantos, muy vulgar, si les hiciera remilgos a esos animalejos que tanto prodigan en las ferias, pero más seguro es que la inmensa mayoría de las figuras que copan los carteles de lujo -por no decir todas- habrían hecho el mayor de los ridículos con toros como los de ayer. Por los chiqueros de Las Ventas salieron seis ejemplares de un cuajo tremendo, seis pavos de una vez, cinqueños y muy dificiles en su mayoría. Después de aparecer en la arena con una violencia que nos tenía a todos en un puro sobresalto -y no digamos a los lidiadores, a quienes obligaban a tomar el olivo a las primeras de cambio-, se iban apagando según se les pegaba en varas -y fuerte, pues salieron a una media de cuatro puyazos-, para acabar reservones. Y esa pasividad del toro, aplomado, a la defensiva, encona el ánimo aún más que las furiosas acometidas de salida, porque, con el sentido que desarrollaban todos, las reacciones eran imprevisibles; en cualquier momento podía producirse la arrancada descompuesta, el derrote, la cogida.

Raúl Sánchez se peleó con sus dos enemigos, les dio la distancia adecuada, aguantó tarascadas con un asombroso valor consciente, incluso una voltereta de abrigo; mandó en los muletazos, y de esta forma consiguió cuajar dos faenas importantes, en las cuales lo esencial, aparte de todas las circunstancias de peligro, fue que dominó plenamente a los toros y los mató con brevedad, volcándose sobre el morrillo. Todo lo contrario resultó la labor de sus compañeros de terna.

Pepín Peña, sin recursos y afligido, no peleó nada, y su tarea, toda por la cara, se resunúó en evitar el menor compromiso. Por su parte, Pepe Pastrana, en el toro de la confirmación, uno de los pocos que tuvieron cierta nobleza, pasó muchos apuros cada vez que le perdía la cara y en la suerte de matar, por equivocar los terrenos, se vio perseguido en todos los encuentros y hasta arrollado y volteado junto a tablas. El sexto, de Sotillo, una mole de más de seiscientos kilos, cuya impresionante presencia suavizaba la cabeza cornicorta y abrochada, fue bueno, de esos que meten bien la cabeza y repiten las embestidas con largura y suavidad. Pero toro con sentido al fin, atrapó a Pastrana como si en vez de cuernos tuviese tentáculos, y lo lanzó al aire como un pelele. No produjo consecuencias la cogida y la faena siguió muy larga, sin clase, siempre la nobleza del toro por encima del arte del torero, que en ningún momento acertó a templar ni a mandar.

Cuando acabó la corrida hubo una distensión general: la guerra había terminado. Porque aquello, entre frío glacial, ventarrón y peligro, efectivamente había sido la guerra.

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