| VENGANZA
CON CASTOREÑO |
Plaza:
Plaza de las Ventas
Terna: Manuel Caballero, Javier Vázquez, L.M. Encabo
Toros: Baltasar Ibán
Fecha: 29 de mayo de 1997
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El picador tomó
cumplida venganza del sexto toro y le dio para ir pasando. Y cuando
se marchaba, jinete del cansino percherón, castoreño
vencido a la pedrada, puya en ristre, el público, que debía
de estar de acuerdo, le despidió con una gran ovación.
El toro se quedó viendo visiones. El toro se quedó
arrepentido de haber nacido. Luis Miguel Encabo, que lo había
recibido mediante valerosa larga cambiada, lo banderilleó
con lucimiento y en el turno de muleta pretendió lucirse
también, pero el toro no estaba para galas. El toro -manso
de natural- había rendido su recia arboladura y sólo
quería retirarse a un convento. No pudo: Encabo lo mató,
bien que a la última.
A veces no da gusto ser toro, ¿verdad usted?. A veces
ser toro no tiene ninguna compensación. Uno, resignado a
ser toro, a lo mejor abriga la remota esperanza de que, picado y
banderilleado, le llamen bravo, que es el máximo galardón
al que puede aspirar el toro de lidia. Y, sin embargo, tal cual
pican los individuos del castoreño, no hay manera. Los individuos
del castoreño no pican sino que meten caña y no es
lo mismo.
Los individuos del castoreño, en cuanto clavan hierro
se ponen a dar vueltas alrededor del toro y es imposible deducir
de su pelea -si es que le dan opción a pelear- la calidad
y la intensidad de su bravura.
Cierto que si los toros llevan en la sangre una mansedumbre cabal,
el problema ni se plantea pues la evidencian huyendo despavoridos.
De esta condición salieron varios toros de Ibán. Uno
de ellos, que hacía tercero, escapó del castigo tan
enloquecido que arrolló al subalterno Vicente Montes y al
apercibirlo entre las astas le pegó una espeluznante cornada.
Paradógicamente ese toro manso acabó recrecido y noble
-tenía casta- y Luis Miguel Encabo le construyó una
faena de impecable sentido lidiador. De entrada, lo citaba de largo,
aguantaba valiente la embestida. Después los pases ya poseían
distinto fuste pues ni cargaba la suerte, ni los instrumentaba reunidos.
Tres tandas de derechazos pegó -que eran demasiados- mientras
con la izquierda sólo intentó una, al final, como
de compromiso, breve, movida y destemplada. Mató regular
y fue el presidente y le dio una oreja. El presidente, que ya dio
seis a los rejoneadores en su anterior comparecencia, es un orejista
vocacional.
La técnica de tomar a los toros de largo se echó de
menos en las actuaciones de Manuel Caballero-Javier Vázquez,
que procedían al revés: citar en corto, incluso ahogando
las embestidas. El voluntarioso faenar de ambos diestros no podría
ponerse en duda más las ganas de ejecutar el toreo sí,
ya que en otro caso se les habría visto ceder distancias,
adelantar el engaño, parar, templar, mandar... Una inquietante
situación la que se plantea -justo es reconocerlo- pero nadie
ha dicho que el toreo carezca de incertidumbre y de riesgo.
Luis Miguel Encabo, independientemente de las deficiencias apuntadas,
dio ejemplo de torería a sus compañeros entrando a
los quites, instrumento variados lances -uno por faroles rematado
de serpentina le salió perfecto-, y bregó en los primeros
tercios.
En el primer tercio del sexto se le acumuló el trabajo:
el toro derribó con estrépito y organizó tremendo
zafarrancho tirando fieras cornadas al enguatado peto del jamelgo
caído, en tanto el picador, que había quedado debajo,
pugnaba por zafarse y, al asomar, le quedaba la cabeza bajo la barriga
del toro con los enormes atributos que por allí bamboleaban.
Se llevaron maltrecho al picador, irrumpió entonces el mílite
sustituto llamado Pimpi hijo y le metió al toro tres puyazos
traseros con tanto botar en la silla y tanto zangoloteo apalancado
en la vara, que de poco se la hunde hasta las entrañas. Consumada
la venganza, moribundo el toro y entusiasmado el público,
Pimpi hijo se retiró a sus cuarteles con aires de emperador.
Debajo del castoreño parecía Marco Aurelio un día
de farra.
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